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La vacancia

1. De hecho, hay un asunto jurídico al respecto. José Alejandro Godoy lo expuso mejor que nadie, y además, sin caer en “bueno, así lo dice la ley”.

2. Hay también un asunto del orden simbólico, quizá más importante que el jurídico. ¿Hasta qué punto no es válido que un grupo de ciudadanos pida la salida de un presidente no solamente incapaz, sino también cuyo gobierno no sabe manejar situaciones de crisis y tensión. Por ejemplo, el primer gobierno aprista y la hiperinflación. O este segundo gobierno, y los muertos (civiles, policías) que ocurren en cada paro, levantamiento, toma de carretera, etc.

3. ¿Por qué pedimos la cabeza del presidente? Obvio, porque este es un régimen presidencialista. El que toma las decisiones finales, el que está al tanto de todo, el autor mediato de las políticas de estado, es el presidente y no el primer ministro, o los miembros del gabinete. Con tanta “mesa de diálogo multilateral del más alto nivel con perspectiva de participación ciudadana y de desarrollo sostenible” tampoco el Congreso asume o tiene responsabilidad alguna. Es el presidente el que decide todo y en él se concentra todo el poder. ¿Pedir la cabeza de algún ministro? ¿Para qué? Eso no sirve para nada, total, tampoco deciden nada. Por ejemplo, la cantidad de ministros del interior que han entrado y salido en este gobierno.

4. Así, tal como están las cosas, lo jurídico termina reflejando lo absurdo de un modelo de gobierno que se ha ido armando a tropezones, tientas y de manera improvisada. Lo natural se vuelve pedir la cabeza del presidente de la república y no la de un presidente de un consejo de ministros que solo acompaña la jarana.

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Rafo León y el código del consumidor

La Lógica de la Ensalada (Transgénica)

(Caretas 2124)

El razonamiento empleado en estos días por Mercedes Aráoz en relación a un tema de gran importancia para la ciudadanía, me ha hecho descubrir con claridad cómo se ampaya a una autoridad cuando pretende tomar decisiones estando presionada por algún poderoso lobby empresarial. Como todos sabemos, hoy se está debatiendo – con carácter bastante farsesco la verdad sea dicha- el proyecto del Código del Consumidor, al que le han metido mano Dios, las Potencias, las Postrimerías y el Divino Copón, para que salga respetando hasta el punto final los intereses de los prestadores y vendedores y que al consumidor se lo fornique un asno. Uno de los puntos más manipulados de este proyecto ha sido el de la obligación de que en los productos alimenticios envasados, que tengan alguna proporción de componente transgénico, aparezca en la etiqueta la información respectiva. Ya es vox populi que Monsanto viene haciendo lobby desde finales del régimen de Toledo y de que el Cholo tuvo a bien tirarle al siguiente gobierno la papa caliente de la Ley de Biotecnología, pero Monsanto sigue allí con sus testaferros y sus falsos científicos, pugnando por enyucarnos los transgénicos sin que nos demos cuenta. Muy bien, esa norma que estaba en el proyecto original del Código del Consumidor, simplemente ha desaparecido, ya no se obliga a los fabricantes de conservas de alimentos que tengan manipulación genética a informarnos para poder nosotros escoger si queremos comer sano o devorarnos nuestras propias alergias y tumores. Se terminó, nadie sabrá qué contiene lo que uno se está llevando a la boca, o peor aún, está llevando a la boca de sus niños. La ministra Aráoz, interrogada sobre esto, en el mejor estilo de la peor Martha Chávez, le dio vuelta a la cuestión más o menos con la siguiente lógica: “la información en el etiquetado sirve para motivar al consumidor a comprar un producto sobre la base de que este contiene un ingrediente beneficioso para su salud. Es por eso que en lugar de que figure la información sobre los transgénicos en los casos en los que estos estén presentes, hemos decidido más bien que aparezca de manera bien destacada el carácter orgánico de cualquier buen producto alimenticio, para que así el ciudadano se sienta estimulado, lo compre y se alimente sanamente”. Debo confesar que esta inversión de la realidad me ha parecido una de las pendejadas de mayor calibre entre las que tengo recuerdo y debo por ello felicitar a la ministra Aráoz, que dicho sea de paso, es más o menos pata mía y me parece una persona respetable, pero claro, en política lo respetable se convierte en una cosa absolutamente relativa sobre todo si perteneces al gabinete de Alan García Pérez, el monarca de lo absoluto, lo relativo y la lógica de la ensalada. Lo cierto es que de aprobarse el tal código tal como va a pasar al legislativo, en general los consumidores vamos a quedar totalmente a merced de las presiones y astracanadas de los productores y en el caso específico de los transgénicos, renunciaremos a nuestro derecho a escoger además de que ya le estaremos abriendo una puertita más a Monsanto para que se meta con todo y privatice hasta la semilla de papa, de modo que sean ellos quienes la patenten y se la terminen vendiendo a nuestros paisanos campesinos de los Andes. Mire navegante, yo ya estoy viejo para emprender causas y cosas así, pero le digo, si nos quedamos callados y de brazos cruzados frente a ese código, sellaremos para siempre nuestra vocación de servilismo y sometimiento al poder, con riesgo muy real de volverle la vida intratable a las generaciones que nos siguen. Hay que hacer campaña, ahora mismo, y que Mercedes se rectifique, estoy seguro de que ella sabe cómo son las cosas pero las presiones la deben estar matando. Vamos, campaña navegante.

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